"Hace millones de años que las flores producen espinas. Hace millones de años que los corderos a pesar de todo se comen las flores. ¿Y no es importante intentar entender por qué ellas se esfuerzan tanto en hacerse espinas que no sirven nunca para nada? ¿No es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es más serio y más importante que las cuentas de un voluminoso Señor colorado? Y si yo conozco una flor única en el mundo que no existe en ninguna parte salvo en mi planeta, a la que un corderito puede aniquilar de un golpe, así no más, una mañana, sin darse cuenta de lo que hace, ¿eso no es importante?
(El Principito)


DE VISITA. Sí, la mismísima Belula, y su buena amiga Mónica, estuvieron recorriendo la Argentina, de arriba para abajo y de abajo para arriba, y una escala obligada por abajo era, claro está, pasar por aquí. Junto al amigo Wally, fueron días de charlas amenas, paseos, intercambio de dibujillos, dinosaurios, un poco de nieve, té galés, ballenas allá a lo lejos, sorpresas, regalos y la promesa de volver a encontrarnos, aquí o del otro lado del mar. Gracias niñas por la visita!! Julio de 2009.
MUESTRA EN CASA L´INC. Bueno, ya a esta altura sabemos que todo fue suspendido, retrasado, pospuesto, cambiado de lugar, prolongado, adelantado, etc. Es por ello que la muestra prometida días atrás, quedará inaugurada oficialmente el día jueves 6 de agosto. Disculpen las molestias ocasionadas. Les dejo aquí una de las obras que se podrán ver en la expo. Una vez más, quedan todos invitados.

Casi terminando julio, del año 1890, Vincent Van Gogh escribe su última carta a Theo, su hermano. Tres días después, mientras merodea por un campo infinitamente amarillo, se dispara un tiro en el vientre. Logra regresar a su cuarto rentado y se sabe que muere dos o tres días después, a los 37 años, en la tranquilidad de su lecho y junto a su hermano. En el año 2003, la revista española DESCUBRIR el ARTE le pide a un grupo de artistas y escritores que escriban una carta para Vincent. Esta es una de ellas...

Querido Vincent

Mi padre, que es pintor de pincel fino, me enseñó desde niño que las cosas son como son, y no como quisiéramos que fuesen. La muerte, por ejemplo, es negra y obliga al luto, a los ropajes oscuros y tenebrosos. La sangre es roja, el cielo azul celeste y la hierba verde. Las espigas de un campo pueden tener una gama de tonalidades muy amplia, dependiendo de la época de la cosecha, de la luz del día y de la situación climatológica: desde el dorado hasta el verde oscuro. Los ojos de un hombre pueden ser de varios colores, pero no de cualquier color. No pueden ser -pongamos por caso- ojos, como tú se los pintaste a un zuavo, ni tener el iris verdoso, como te los coloreaste a ti mismo en un autorretrato. Mi padre me enseñó que tú no eras un artista de fiar porque no mostrabas las cosas como son realmente. Lo que tú hacías, lo podía hacer cualquiera: mezclar los colores en la paleta para pintar un cielo y pintarlo luego con cualquier mezcla que se lograra: si se obtenía algún tono de azul se pintaba azul, pero si la mezcla daba verdes se pintaba de verde. Mi padre me preguntó si yo había visto alguna vez algún cielo verde. O algunos ojos con el iris rojo. No los había visto nunca, y por eso, cuando crecí y viajé a Ámsterdam en uno de esos viajes de estudiante en los que la vida se sorbe a grandes tragos todavía, no fui al museo en el que está tu pintura, el que lleva tu nombre, sino a los lugares más sórdidos de la ciudad, que eran los que la habían hecho famosa en todo el mundo. Me alojé en un albergue cuyo bar estaba lleno de carteles que anunciaban los distintos tipos de drogas que se vendían. (…) Rondé durante horas por las calles rojas, mirando a las putas que se exhibían detrás de los escaparates en ropa interior. Yo no era muy de andar con mujeres, y aquellas, a pesar de la leyenda, eran más bien mórbidas de carnes y estaban ajadas. Pero tenía 18 ó 19 años, y a esa edad, tú lo sabes, pueden disfrutarse las cosas más pavorosas si se cree de buena fe que en ellas está la esencia misma de la vida. De modo que la última noche que pasaría en la ciudad me armé de valor, reuní todo el dinero que me quedaba para excesos y me fui en busca de una puta. Merodeé por el barrio durante más de dos horas (…) Por fin, elegí a una de las mujeres más jóvenes y me encerré con ella en una de las habitaciones altas del burdel.
No te escribo para contarte mis intimidades, querido Vincent, de modo que deberás disculparme que eluda las minuciosidades eróticas, que no fueron, por lo demás, demasiado excelentes. Pero la puta, que acabó su faena con rapidez, debió de compadecerse de mí, porque en vez de echarme del burdel enseguida, como mandan el mercantilismo y la productividad, me limpió de excrecencias y se tumbó a mi lado a conversar con un cigarrillo encendido. Tú sabes que los burdeles son como cátedras y que los conocimientos que se adquieren en una cama de puta son colosales, mayores que los que consiguen muchos sabios en toda una vida de estudio. La mujer, que tenía un seno fofo caído encima de mi pecho, se me quedó mirando y me dijo que era muy guapo porque tenía los ojos anaranjados. “Orange eyes” fue lo que dijo. Entonces, de repente, me acordé de mi padre y de ti, Vincent, y me entraron ganas de llorar. Torcí la cara para que la mujer no me viera, y en el ventanal, por encima de los tejados picudos, vi que el cielo verdeaba como un campo.
Al día siguiente, antes de que amaneciera, me marché de Amsterdam. Desde entonces no he sabido ya nunca de qué color eran mis ojos, ni la sangre, ni la hierba. Ni la muerte.


Luis G. Martín
Cartas a Vincent (Descubrir el Arte, marzo 2003, España)